martes, 6 de octubre de 2026

La boda está preparada, pero los convidados...

 

..."Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda"

11 de octubre 2026

Reflexionando sobre el evangelio llego a la conclusión de que, muy a menudo, nos hemos entretenido en detalles sin demasiada importancia y dejamos de lado lo que debería ser el centro de nuestra vida: la invitación a la boda, a la nueva vida, a convertirnos y vivir al estilo de Dios.

Me parece entender que ése es precisamente el mensaje de Jesús de Nazaret. Una invitación a gozar y disfrutar de una vida nueva.
Y me temo que nosotros, nuestras comunidades cristianas, no siempre presentamos el aspecto de personas invitadas a una boda, a una fiesta.
Creo que nuestras misas, nuestra religiosidad, nuestras devociones han adquirido un aspecto y un estilo de cumplimiento, de hacer nuestras obligaciones, de hacer lo que está mandado. De ahí que el vocabulario que usamos, las palabras que escuchamos como ritual, reflejan algo que está lejos de la fiesta de una boda, de la alegría del encuentro de los hermanos y hermanas que gozan de esa vida nueva.

Entonces me pregunto: ¿Cómo traducir el mensaje de Jesús de Nazaret para hacerlo real y visible en mi vida? 
Día a día los afanes de la vida, del trabajo, de la casa, de la familia, de las dificultades que vamos encontrando terminan por apagar esa chispa que se encendía en nuestro corazón al escuchar la invitación de Jesús. Y volvemos a ese mundo de preocupación e inquietud que hacen que nuestra vida vaya perdiendo la alegría y dejemos la invitación olvidada en algún rincón... Porque, también nosotros, al igual que los primeros invitados a la boda, tenemos otras muchas preocupaciones...

“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”

Ahí está. Los seguidores de Jesús no estamos llamados a hacernos de una religión, a cumplir toda una serie de mandamientos, a rellenar obligaciones y devociones... ¡No! Estamos llamados a vivir la alegría de una boda, a pensar y asumir en todo momento la actitud y el estilo de las personas que ya se ven metidas en la fiesta, en gozar de ese ambiente tan maravilloso. 
Y sí! Todos los que encontremos en nuestro camino, en nuestra vida, están invitados.

¡Cómo nos cuesta entender y aceptar que tenemos un tiempo bien limitado! Que nuestra vida está marcada por eso que llaman impermanencia. Aún sabiendo que somos limitados, imperfectos, con fallos y errores, equivocaciones y pasos en falso..., nos aferramos como si la vida nos fuera en ello. Y olvidamos esa invitación que está ahí esperando esa respuesta nuestra.

Y ese vestido, esa ropa de fiesta de la que habla la parábola, no es otra que el amor compartido, el servicio a los demás, el cariño y ternura que vamos entregando sobre todo a esas personas que más lo necesitan. Y es que, si Dios es amor, la invitación que nos hace no puede ser otra que la de vivir como hijos e hijas de Dios.

Texto del evangelio de Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

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