Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando
19 de abril 2026
En este tercer domingo de Pascua leemos el relato de los dos discípulos que van camino de Emaús... Es un relato que se convierte, finalmente, en toda una catequesis. (Tenemos que insistir en que estos relatos no son narraciones históricas que nos cuentan, paso a paso, lo que ocurrió en aquellos primeros días después de la crucifixión y muerte de Jesús d e Nazaret). Por eso debemos prestar mucha atención al mensaje que lleva dentro.
Hay una pregunta que me hago yo mismo: -Al hablar de Jesús de Nazaret, qué espero yo de él? En el relato del evangelio de Lucas nos dice que "Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió..."
Nosotros hemos recibido una predicación y enseñanza que nos explica y nos enseña que Jesús de Nazaret (después de predicar durante un tiempo el mensaje de la Buena Noticia del reino de Dios) lo acusaron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte de cruz... Y de esa manera nos salvó del pecado y de la muerte... Luego vienen los relatos de la resurrección y de las apariciones a las mujeres y a sus discípulos. Ésa esa la fe que solemos proclamar en la eucaristía y que nos dicen que es la fe de la Iglesia.
De ahí me surgen varias preguntas: -Qué o quién es Jesús para mí? -Qué espero yo de él? En qué lo reconozco?
Porque una cosa es lo que decimos o rezamos en la iglesia y otra cosa muy distinta nuestra vivencia en el día a día.
Fray Marcos nos ofrece el siguiente comentario: "-Nosotros esperábamos… Esperaban que se cumplieran sus expectativas. No podían sospechar que ya se había cumplido. Esa frase refleja nuestras decepciones. Esperamos que la Iglesia... Esperamos que el Obispo... esperamos que el concilio... Esperamos que el Papa... Esperamos lo que nadie puede darnos desde fuera y surge la desilusión."
"No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y se capacitan para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar, somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante."
El texto nos dice que aquellos discípulos lo fueron descubriendo en el camino (quiere decir en la vida). También en lo que les dijo sobre las Escrituras (toda una vivencia que es muy distinto que simplemente leer lo que está escrito). También en le partir el pan... Habia en ese gesto algo muy profundo que había quedado grabado en sus mentes y en sus corazones... (Se trata de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Al ver el signo, se les abren los ojos...como comenta Fray Marcos).
¿Hay en mí alguna vivencia que me haya llevado a descubrir y reconocer a Jesús de Nazaret?
Creo que, en nuestra vida como seguidores de Jesús de Nazaret, nos sobran demasiadas palabras, demasiados rezos y devociones, demasiados dogmas y credos. Andamos faltos de vida, de vivencias que nos hagan caminar siguiendo la huella del Maestro.
Me ha emocionado el comentario que hace Dolores Aleixandre (en su libro: "Dichosos vosotros") haciendo referencia a la palabra de Jesús; (Sed misericordiosos...) y recoge el final de la parábola del samaritano: "Acercándose al herido, le curó las heridas, le montó en cabalgadura, lo llevó a la posada, pagó su estancia al posadero y quedó co él en que volvería al cabo de pocos dias a ver cómo iba el herido y a pagar los gastos ocasionados... Os aseguro que fue entonces cuando se comportó con misericordia con él y os digo también: a los que obre como él, mi Padre el cielo los envolverá en su misericordia..."
Es esa manera de actuar y de vivir la que hará que encontremos y reconozcamos a Jesús de Nazaret.
Texto del evangelio de Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
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