Bienaventurados... los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón..., los que trabajan por la paz
1 de noviembre 2026
He aquí una fiesta que, junto con la celebración de Todos los difuntos, nos remite a las personas que vivieron antes que nosotros. A unas las llamamos santos y santas y a las otras son todas aquellas que conocimos, que son de nuestra familia, de nuestra casa.
Ante la primera lista (santos y santas) nos admiramos de sus méritos, de sus milagros, de su heroicidad incluso. Personas digamos de escaparate, para admirar... Y las contemplábamos en las imágenes que nos ofrecen las iglesias. También en la lectura de sus vidas...
En la segunda lista nos sentimos como en casa. Eran y son los nuestros. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros tíos y tías, los abuelos y abuelas, los amigos y conocidos... A ellos les rezamos, los recordamos, les echamos de menos. Quizás, también, sentimos que nos vamos acercando a ellos día a día.
¿Qué sentido tienen para nosotros estas dos fiestas?
Ante todo, creo que tenemos que recordar que estamos llamados a vivir. Porque el mensaje de Jesús de Nazaret es por encima de todo una respuesta a su invitación, una respuesta a vivir siguiendo sus huellas, viviendo como él mismo nos enseñó.
Si no lo hacemos, ninguna de las dos fiestas tiene sentido.
Fray Ángel nos ofrece este comentario:-"La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy distante de la nuestra. Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy distinta. Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a unos pocos, sino como una llamada universal que pasa por la vida cotidiana. Las bienaventuranzas dibujan el rostro de quienes han descubierto que la verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega."
Descubrir en nosotros la raíz misma de nuestro ser. En mí, en tí, en cada uno, está el aliento mismo de Dios. Somos una pequeñita parte de su ser. Y todo mi esfuerzo tiene que ir dirigido a tomar conciencia de él, a hacerlo presente en cada momento de mi vida. Y lo tengo que ir descubriendo en cada uno de los seres que me rodean.
Como comenta Fray Marcos: -"En todos y cada uno de los seres humanos hay una parte central que es santa e infinita en su perfección. Es lo que nos identifica con Dios y que nunca desaparecerá."
"-Tomar conciencia de esa realidad y vivirla es lo que podíamos hoy llamar santidad."
"-Para Jesús es santo el que descubre el amor que es Dios y llega a él sin merecerlo. Las virtudes no nos acercan a Dios sino que son consecuencia de que Él está ahí. Dios es el santo, no nosotros."
Entonces ése es nuestro programa: Descubrir que Dios es amor. Que está ahí, en mí y en cada una de las personas que voy encontrando. Dejarme querer, dejarme amar... y vivir gozosamente cada momento, acogiendo lo que la vida nos va trayendo.
Y toda esa lista que nos propone Jesús (los pobres, los que lloran, los mansos y pacientes, los que pasan hambre, los que trabajan por la paz, los que aman la justicia...) son tantos aspectos que podemos encontrar en nuestro día a día. Nosotros y ellos y ellas. En nuestra casa o en la del. vecino. En nuestra tierra o en algún otro país cercano o lejano...
Nosotros, amarrados al amor de Dios, que nos da su aliento para ayudar, para servir, para acoger, para acompañar, para sonreír, para escuchar, para amar...
Felices nosotros y vosotras... si descubrimos ese amor que es Dios. Reíd en medio de vuestro llanto, gozad aunque paséis hambre... Vivid y gozad ese don tan precioso.
Texto del evangelio de Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».