viernes, 20 de marzo de 2026

Yo soy la resurrección y la vida

"El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá"

22 de marzo 2026


Imma Calvo nos ofrece una bella introducción a la lectura y mensaje del evangelio que leemos este domingo: -"Seguimos con los grandes símbolos del evangelio de Juan. En esta ocasión se nos propone la vida. No haría falta que la liturgia nos invitase de vez en cuando a reflexionar sobre la vida y la muerte. De ello se encarga el goteo constante de seres queridos que nos van dejando. Es ley de vida y podemos resignarnos con ese pensamiento fácil. El evangelio de esta semana cuenta la resurrección de Lázaro y sus enseñanzas pueden sacarle brillo a este paso nuestro por la tierra. Seguir a Jesús marca la diferencia. No es lo mismo vivir que Vivir, creer o no creer. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva”.
También me parece muy iluminador el comentario que hace Fray Marcos: -"Agua, luz, vida. Son tres grandes metáforas que intentan lanzarnos más allá de toda lógica. Si nos empeñamos en seguir entendiéndolas al pie de la letra, estamos distorsionando el texto y nos quedamos en ayunas del verdadero mensaje..."
-"Si nos preguntamos si Lázaro resucitó físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida física, pero más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir no tiene sentido.
Yo soy la resurrección y la Vida. Jesús no vino a prolongar la vida física, vino a comunicar la Vida de Dios. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. En realidad, es la única y verdadera Vida."

Cuántas veces hemos escuchado o leído este relato de la "resurrección de Lázaro"  y nos hemos quedado pensando en lo maravilloso del poder de Jesús que puede resucitar a un muerto... Lo hemos pensado y aceptado en el sentido más literal... Porque para Dios nada hay imposible.  Y, especialmente, cuando participamos en el funeral de algún familiar o conocido nos preguntamos cómo sería eso de que, también a nosotros, Jesús nos dijera lo mismo: -«Lázaro, sal afuera».
Pero, como nos comenta frecuentemente Fray Marcos, seguimos haciendo una lectura literal de los relatos del evangelio y equivocamos el mensaje.
Que vamos a morir. Eso ya lo sabemos. La dificultad que encontramos no es la de encontrar sentido al hecho de morir; sino a nuestra forma de vivir.
Comenta un gran maestro que, a menudo, las personas que andan preocupadas por lo que hay después de la muerte son aquellas que no saben qué hacer con su vida.
Y Jesús de Nazaret es quien nos trae el mensaje, la clave, para dar sentido a nuestra vida. Su llamamiento es, ante todo, a vivir. A vivir la vida de Dios mismo. Y esa vida es la que va más allá de las dificultades, de las enfermedades, de las preocupaciones, de las angustias..., de la misma muerte.
Creer en su mensaje. Aceptar su estilo de vida. Vivir volcado en el servicio, en la entrega, en el amor a los hermanos... ésa es la vida de Dios. Y salta hasta la vida eterna... Algo que el evangelio de Juan señala y destaca por encima de todo.
Esa palabra de Jesús ("Lázaro, sal afuera") también nos la está diciendo a nosotros cada día. Salir de nosotros mismos. Prestar atención a las personas que nos rodean, especialmente a los más desprotegidos, a los marginados, a los enfermos, a los oprimidos... Y no dejarnos atar por tantas cosas.

Texto del evangelio de Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.

Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».

Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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