domingo, 16 de enero de 2011

La presencia de Dios


Me encanta releer el libro de Joan Chittister ("Ser mujer en la iglesia" -"Called to question. A spiritual memory").
Tiene esa agudeza y esa profundidad que echo de menos en muchos escritos de esos llamados religiosos o espirituales.
Voy a citar estos ejemplos tomados del capítulo 4:
"A medida que iba cultivando la vida espiritual, ésta me iba resultando cada vez más un entramado de dobles mensajes: un día nos decía que "el pecado nos separa de Dios", y al siguiente que "Dios está en todas partes". Nos decían que teníamos que esforzarnos por ser santas, como si la empresa tuviera algo que ver con hacer cosas santas... Y la santidad -el mensaje estaba muy claro- dependía enteramente de nosotras. Si éramos fieles -en el sentido de cumplir las normas- , Dios nos premiaría con el cielo. Si no lo éramos, nada podría salvarnos. Al mismo tiempo, también nos decían que "la fe es un don" y que nadie podía merecerla...
Podías pasar la vida entera siendo "buena", y de repente un día tropezabas. Entonces, antes de darte cuenta, te encontrabas en las entrañas del infierno, condenada para toda la eternidad. Todo el resto, todos los esfuerzos, sacrificios y oraciones, habían sido en balde...
Aquel Dios era verdaderamente diabólico...
...(La verdad es que) Dios no estaba cerca cuando éramos perfectos, y lejos cuando no lo éramos. Dios estaba allí siempre que queríamos llamarle. Dios estaba con nosotros. Aquí. Ahora. Así de sencillo. Sin preguntas.
... Sencillamente teníamos a Dios. Dios era (y es) la esencia de nuestra vida. Únicamente teníamos que ser conscientes de Dios y crecer en la fuerza vital que vivía ya en nosotras...
...El reconocimiento claro y consciente de que Dios está con nosotros -seamos quienes seamos, seamos lo que seamos, estemos donde estemos- hace que Dios sea Dios. No es nuestra virtud la que apresa a Dios, como si le hiciéramos caer en una trampa, sino que, sencillamente, es propio de la naturaleza de Dios el estar en y con la creación. En y con todos nosotros. Siempre. La sencilla verdad, la obvia verdad, prueba la falsedad de la teología del mérito. No tenemos que merecer a Dios...
...La vida no consiste en conseguir a Dios, sino en crecer en Dios".

Así de sencillo. Así de profundo.
Y me repito, junto con ella: No tengo que merecer a Dios. Simplemente crecer en Dios. Estoy dentro de Él. Sólo me queda ser consciente de ello.
Como me decía un amigo hace unos días: Buscamos milagritos que nos confirmen y aseguren... cuando tenemos delante de las narices la grandiosidad, la maravilla, el gran milagro de la creación (el cosmos en su enorme infinita extensión y el micro-cosmos en sus más pequeñas partículas)...
Aprender a ver y comprender la presencia de Dios.

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