domingo, 8 de abril de 2012
Vio y creyó
8 de abril 2012 - PASCUA DE RESURRECCIÓN
"-Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto..."
Es un texto emotivo, lleno de sentimientos y emociones contenidas... También de alivio y consuelo.
Después de la tragedia de la semana santa, de los textos que nos narran la pasión y muerte, los textos que siguen eran el nuevo amanecer, el paso a una nueva vida...
Y durante muchos, muchos años he seguido paso a paso la experiencia de aquellos hombres y mujeres que lloraban de alegría al reencontrar al Maestro, a sentir que estaba con ellos, que había triunfado, que había superado todas las pruebas... y ahora caminaba con ellos, delante de ellos.
Con María Magdalena que "muy temprano, al amanecer..." corrió al sepulcro; con los discípulos que se iban para Emaús; con los otros, escondidos en la casa...
Todo eso me lo habían contado así, literalmente, como un hecho periodístico. Y confieso que, en ese tiempo, me sirvió. Era un estímulo e incentivo entender que Jesús había vencido a la muerte, que había superado la cruz, la tortura... Y "si él ha resucitado...", nosotros también lo haremos... Pablo también habla en esa línea.
Y todavía hoy, nuestros sacerdotes hablan el mismo lenguaje.
Hoy, esa manera de hablar y de explicar se me queda corta. El mundo moderno, el lenguaje moderno choca con un montón de expresiones que resultan muy difíciles de comprender. Se sigue utilizando la manera de entender el mundo a la manera antigua y según la cultura que se tenía: Cielo arriba, la tierra abajo y por debajo de nosotros el infierno, pugatorio, etc...
¿Qué quieren decir los textos que leemos?
¿Qué les pasó a aquellos hombres y mujeres?
¿Qué entendieron?
La pasión, la cruz y la muerte de Jesús (como un malhechor) lo vieron y tocaron de cerca. Aquello que "comenzó en Galilea", Jesús de Nazaret que "pasó haciendo el bien...", su vida, su manera de hacer y de entender, su buena noticia del reino de Dios, su enorme sentido de humanidad, de vida y de preocupación por los más débiles, por los marginados... (Pedro utilizará la palabra "atormentados por el diablo"...) Y que todo eso terminara en la cruz, en la muerte... Eso era demasiado fuerte!
No hace falta imaginar mucho para experimentar lo hundidos y aplastados que se sintieron... No hacían más que darle vueltas.
Tardaron tiempo en "ver y entender"...
Sus reflexiones, las únicas que tenían y conocían, estaban tomadas de la biblia, de los profetas, de los libros sabios que tenían a mano.
Y la inspiración, el sentir profundo de lo acontecido, la noticia que superaba todo (incluso la muerte) era que comenzaba a experimentar que realmente Jesús seguía con ellos, estaba vivo en ellos, podían proclamar que era el "viviente"... Su vida había cambiado porque el camino y manera de hacer de Jesús estaba ahí, en ellos, y Jesús de Nazaret caminaba delante de ellos...
¿Cómo explicar todo eso?
Lógicamente su lenguaje no es el de hoy, siglo XXI, y se expresa con los elementos de la cultura judía y griega...
Lo importante no es la herramienta que utilizan, no es la manera como lo cuentan, es esa nueva realidad, sentir y experimentar que al seguir sus huellas esa vida nueva va a ir apareciendo en nosotros.
Y nos marcan algunos elementos que, eso es seguro, fueron de gran impacto para ellos: "Al partir el pan"...
Aparece en el relato de los de Emaús, aparece en el encuentro con los discípulos y vuelve a aparecer en el encuentro de Galilea...
Y tiene toda la carga emotiva de la cena de despedida: Tomó el pan y lo partió... Toda una vida que se entregaba y se despedía... aceptando que su manera de vivir el reino de Dios llevaba consigo un final como aquel. Además, que al repetirlo era mucho más que un recuerdo... "Celebramos la muerte del Señor...", así dice Pablo.
Por eso, hoy, al escuchar de nuevo el texto, pongo atención a no correr el mismo camino de Magdalena "buscando en el sepulcro"... Más bien, trato de situarme al lado de Pedro y el otro discípulo, el que "vio y creyó". Porque, en definitiva, se trata de eso: de percibir la buena noticia del reino y entregarme a ella de modo que, paso a paso, Jesús el viviente vaya apareciendo en mí, en lo que hago, en mi manera de pensar y de sentir... Diré entonces que vive, que es una realidad!!!
Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
viernes, 6 de abril de 2012
¿Por qué me has abandonado?
(Tomado de la ANTOLOGÍA POÉTICA de Ernesto Cardenal)
Salmo 21
Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Soy una caricatura de hombre
el desprecio del pueblo
Se burlan de mí en todos los periódicos
Me rodean los tanques blindados
estoy apuntado por las ametralladoras
y cercado de alambradas
las alambradas electrizadas
Todo el día me pasan lista
Me tatuaron un número
Me han fotografiado entre las alambradas
y se pueden contar como en una radiografía todos mis huesos
Me han quitado toda identificación
Me han llevado desnudo a la cámara de gas
y se repartieron mis ropas y mis zapatos
Grito pidiendo morfina y nadie me oye
grito con la camisa de fuerza
grito toda la noche en el asilo de enfermos mentales
en la sala de enfermos incurables
en el ala de enfermos contagiosos
en el asilo de ancianos
agonizo bañado de sudor en la clínica del psiquiatra
me ahogo en la cámara de oxígeno
lloro en la estación de policía
en el patio del presidio
en la cámara de torturas
en el orfanato
estoy contaminado de radioactividad
y nadie se me acerca para no contagiarse
Pero yo podré hablar de ti a mis hermanos
Te ensalzaré en la reunión de nuestro pueblo
Resonarán mis himnos en medio de un gran pueblo
Los pobres tendrán un banquete
Nuestro pueblo celebrará una gran fiesta
El pueblo nuevo que va a nacer
Mesa compartida
5 de abril 2012 - Jueves Santo
"...Haced esto en recuerdo mío"
Celebramos como parte importante de la Semana Santa la fiesta del Jueves Santo.
Las ceremonias y desarrollo de las mismas van cargadas de simbolismos, de enseñanzas, de ritos y recuerdos antiguos que hacen que sea difícil de centrar todo lo que la iglesia nos quiere trasmitir.
Las explicaciones de los sacerdotes, en general, adolecen de lo mismo. Supongo que tanto quieren decirnos y explicarnos que, posiblemente, sientan que les falta tiempo, que no pueden comentarlo todo...
Y, al final, nos volvemos a casa con una gran cantidad de ceremonias y rezos; pero que, tal vez, están bien lejos de nuestra vida, de la comunidad, de nuestro mundo. Y que, sinceramente, comprometen poco.
Por otra parte, al tiempo que escucho sus comentarios surgen en mí un montón de preguntas a las que no se suele responder...
-La afirmación de que "sin sacerdotes no hay eucaristía"... ¿De verdad? ¿Por qué?
Se ha unido (los sabios y doctores de la institución) eucaristía y sacerdocio... Y si la comunidad cristiana o de seguidores de Jesús no dispone de alguien "marcado y consagrado" por la autoridad, entonces no puede celebrar el recuerdo de Jesús... Así lo dicen; pero tiene fundamento, de verdad?
-Se afirma que "Jesús se ofreció como víctima por los pecados de todas las personas..."
Si se ofreció (hizo él el sacrificio de su vida), entonces lo que se llama el "sacrificio de la misa" no es tal porque eso Jesús ya lo hizo.
Y si Jesús "pagó el rescate" por nuestros pecados (los de todos), entonces estamos salvados... Todos! ¿Cuál sería entonces la condición para recibir esa salvación?
-Se insiste mucho en la "presencia física de Jesús en la eucaristía"... Y se habla de ella de manera que actuemos delante de ella como si estuviéramos ante el rey, ante el gobernador, ante la gran autoridad: arrodillarse, humillarse, guardar silencio, portarse bien... Y si hacen lo que se llama la "exposición del santísimo"... Entonces hay que actuar con más cuidado, velar y estar de guardia...
¿Tiene todo eso sentido?
Si la eucaristía es la mesa común, la imagen del reino de Dios en el que todas las personas comparten la misma mesa, viven y se sienten hermanos... entonces nuestra eucaristía debería hacer realidad todo eso. Y no puede ser como "mi alimento" particular, mi unión con Jesús, mi alimento de Dios...
Eso lo aprendí desde pequeño, desde la primera comunión... El proceso era: confesarse de faltas y pecados y después ir a comulgar... Era mi proceso, mi relación con Dios, poner en orden mi vida para conectarme a él y así encaminarme a la vida del cielo...
Y eso ha sido una constante en mi vida y supongo que en la vida de muchas personas seguidoras de Jesús de Nazaret.
Ahora, cuando participo en estas ceremonias y ritos, no dejo de preguntarme si "nuestra eucaristía" tiene el sentido que le dió Jesús. Una mesa compartida imagen del reino de Dios. Una fraternidad de personas que creen en la buena noticia del reino y que, al compartir la misma mesa, borran sus diferencias, se dan la mano, se perdonan y vuelven a encaminarse por la senda de Jesús... sabiendo que él será siempre el viviente, que sigue a nuestro lado, que cuando compartimos nuestra mesa se hace presente...
Compartir mesa, eso que llaman "comensalía", es mucho más que recibir la comunión de manos de un sacerdote o de otra persona. Compartir mesa, como dice José M. Castillo, es mucho más que comprar comida para dársela a los que la necesitan; es mucho más que dar dinero para que se la compren... Compartir mesa tiene mucho de acogida, de comer juntos compartiendo lo que tenemos. Prestar atención a la persona, a su vida, a cómo es, qué dice, qué hace...
Si mi eucaristía, la de mi comunidad, fuera todo eso... sería signo de algo bien distinto.
¿Verdad que no suena eso de "el reino de Dios se parece a un banquete...", "...a una boda", "...a una fiesta"?
Hoy, hago mi oración suspirando porque "tu reino se haga realidad en mi vida, que vaya apareciendo..."
"...Haced esto en recuerdo mío"
Celebramos como parte importante de la Semana Santa la fiesta del Jueves Santo.
Las ceremonias y desarrollo de las mismas van cargadas de simbolismos, de enseñanzas, de ritos y recuerdos antiguos que hacen que sea difícil de centrar todo lo que la iglesia nos quiere trasmitir.
Las explicaciones de los sacerdotes, en general, adolecen de lo mismo. Supongo que tanto quieren decirnos y explicarnos que, posiblemente, sientan que les falta tiempo, que no pueden comentarlo todo...
Y, al final, nos volvemos a casa con una gran cantidad de ceremonias y rezos; pero que, tal vez, están bien lejos de nuestra vida, de la comunidad, de nuestro mundo. Y que, sinceramente, comprometen poco.
Por otra parte, al tiempo que escucho sus comentarios surgen en mí un montón de preguntas a las que no se suele responder...
-La afirmación de que "sin sacerdotes no hay eucaristía"... ¿De verdad? ¿Por qué?
Se ha unido (los sabios y doctores de la institución) eucaristía y sacerdocio... Y si la comunidad cristiana o de seguidores de Jesús no dispone de alguien "marcado y consagrado" por la autoridad, entonces no puede celebrar el recuerdo de Jesús... Así lo dicen; pero tiene fundamento, de verdad?
-Se afirma que "Jesús se ofreció como víctima por los pecados de todas las personas..."
Si se ofreció (hizo él el sacrificio de su vida), entonces lo que se llama el "sacrificio de la misa" no es tal porque eso Jesús ya lo hizo.
Y si Jesús "pagó el rescate" por nuestros pecados (los de todos), entonces estamos salvados... Todos! ¿Cuál sería entonces la condición para recibir esa salvación?
-Se insiste mucho en la "presencia física de Jesús en la eucaristía"... Y se habla de ella de manera que actuemos delante de ella como si estuviéramos ante el rey, ante el gobernador, ante la gran autoridad: arrodillarse, humillarse, guardar silencio, portarse bien... Y si hacen lo que se llama la "exposición del santísimo"... Entonces hay que actuar con más cuidado, velar y estar de guardia...
¿Tiene todo eso sentido?
Si la eucaristía es la mesa común, la imagen del reino de Dios en el que todas las personas comparten la misma mesa, viven y se sienten hermanos... entonces nuestra eucaristía debería hacer realidad todo eso. Y no puede ser como "mi alimento" particular, mi unión con Jesús, mi alimento de Dios...
Eso lo aprendí desde pequeño, desde la primera comunión... El proceso era: confesarse de faltas y pecados y después ir a comulgar... Era mi proceso, mi relación con Dios, poner en orden mi vida para conectarme a él y así encaminarme a la vida del cielo...
Y eso ha sido una constante en mi vida y supongo que en la vida de muchas personas seguidoras de Jesús de Nazaret.
Ahora, cuando participo en estas ceremonias y ritos, no dejo de preguntarme si "nuestra eucaristía" tiene el sentido que le dió Jesús. Una mesa compartida imagen del reino de Dios. Una fraternidad de personas que creen en la buena noticia del reino y que, al compartir la misma mesa, borran sus diferencias, se dan la mano, se perdonan y vuelven a encaminarse por la senda de Jesús... sabiendo que él será siempre el viviente, que sigue a nuestro lado, que cuando compartimos nuestra mesa se hace presente...
Compartir mesa, eso que llaman "comensalía", es mucho más que recibir la comunión de manos de un sacerdote o de otra persona. Compartir mesa, como dice José M. Castillo, es mucho más que comprar comida para dársela a los que la necesitan; es mucho más que dar dinero para que se la compren... Compartir mesa tiene mucho de acogida, de comer juntos compartiendo lo que tenemos. Prestar atención a la persona, a su vida, a cómo es, qué dice, qué hace...
Si mi eucaristía, la de mi comunidad, fuera todo eso... sería signo de algo bien distinto.
¿Verdad que no suena eso de "el reino de Dios se parece a un banquete...", "...a una boda", "...a una fiesta"?
Hoy, hago mi oración suspirando porque "tu reino se haga realidad en mi vida, que vaya apareciendo..."
martes, 3 de abril de 2012
HERMANO HERIDO
Para orar
(Comunidad cristiana Bup Leyre, Pamplona)
Hermano herido, a pesar de tu torturaen tus ojos ardió el brillo de ese fuego que te quema.
Tus manos duras, a pesar de su impotencia,
expresaron la violencia del amor más puro.
Tú que has caído, con tu muerte has vencido
y a tu pueblo has redimido de sus cadenas…
¡Yo te canto, amigo, hermano,
compañero y camarada
Por tu vida entregada!
¡Yo te canto amigo, hermano,
compañero y camarada,
en este día!
Tu muerte ha sido el principio, no el final,
de la vida que camina hacia el futuro.
Y, aunque en tu pecho se quebraron mil estrellas
y la luna se ha fundido, se han grabado tus huellas.
El tiempo apura: eres Árbol florecido
y en el mundo has esparcido simiente nueva…
¡Yo te canto, amigo, hermano,
compañero y camarada
Por tu vida entregada!
¡Yo te canto amigo, hermano,
compañero y camarada,
en este día!
La suerte de todos los malditos de la tierra.
Hermano herido
Por José Arregi
Artículo aparecido en DEIA
Va por el hermano herido. Va por ti, padre o madre sin trabajo al borde del suicidio, joven en paro y sin futuro (¡un joven sin futuro!, terrible confusión de mundo y de lenguaje). Va por ti, muchacha violada o mutilada en tu carne y en tu alma, anciano abandonado con la sonrisa ya perdida. Y por vosotros, todos los amores traicionados. Va por ti, pobre niño soldado doblemente pobre, y vosotras, muchedumbres hambrientas que los grandes poderes asesinan cada día sin rastro de mala conciencia, sin que nadie pida perdón ni exija reparación. Dejadme que bese todas vuestras lágrimas, pues son la esencia más sagrada de esta tierra herida.
Va por ti, Jesús de Nazaret, Hermano Herido. Déjanos sumarnos hoy a esa confusa multitud de Jerusalén que te aclama con sus palmas de olivo o de laurel, con su voz rasgada o su silencio desnudo, con su ira contenida o su esperanza incierta. Ellos con todas sus heridas, y todos nosotros con las nuestras. Tú eras entonces joven y fuerte, Jesús. Eras tierno y valeroso. Parecías intacto en tu cuerpo y en tu alma, pero ninguna herida te era ajena. Eras como aquel buen samaritano de tu parábola, que los sacerdotes y los levitas del templo a quienes habías ofendido con ella, y muchos escribas a quienes habías provocado, te la tenían guardada.
Tus ojos. Tus ojos lo habían observado todo muy de cerca: la desesperación de los campesinos despojados de sus tierras, la miseria de los pescadores del rico lago de Galilea, el desaliento de los jornaleros esperando en la plaza de las aldeas, la humillación de las mujeres, el llanto de los niños (¡qué tsunami el llanto de un niño!), la dictadura de los impuestos, el yugo de las deudas impagables, la desdicha de los leprosos a las afueras de todo, el dolor de los enfermos al borde de los caminos. Y la prepotencia del prefecto romano, la sombría altivez del Sumo Sacerdote, la codicia de los terratenientes, los abusos de los soldados. Y la dureza implacable de los justos sin bondad. Y la sangre derramada de los animales y el dinero sustraído a los pobres que sostenían el templo. Así era aquel mundo en que viviste, tan semejante al nuestro, y tus ojos lo vieron todo, junto con la belleza de los campos, el vuelo de los pájaros y el brillo de los ojos.
Tu corazón. Tu corazón sensible y fuerte, tu corazón palpitante. Donde había alegría, te alegrabas. Donde había pasión, padecías sin desmoronarte. Nunca te evadiste, nunca diste un rodeo para no encontrarte con el herido del camino. Tuviste compasión de la gente hambrienta, del ciego de Jericó, del leproso impuro. ¡Gracias, Jesús, en su nombre y en el nuestro! No te imagino como un hombre perfecto, pero eras compasivo. Y nunca temiste ser contaminado por los leprosos y los “pecadores”, tal vez porque no eras perfecto. Pero ¿qué perfección necesita este mundo si no es la dulce compasión con todo lo imperfecto y con todo lo herido? ¡Gracias, Jesús, por ser como fuiste!
Tus labios. Tus labios eran de profeta, y nunca callaron nada de lo que veía la luz de los ojos y nada de lo que dictaba la compasión del corazón. Tus palabras estaban hechas de luz y de fuego, como tus ojos, pero también de misericordia y consuelo, como tu buen corazón. Tus palabras provocaban, pero nunca condenaban. Consolaban al afligido y transformaban a todos. “Luz que penetra las almas y fuente del mayor consuelo”: eso es el Espíritu del Eterno; eso fuiste y, cuando somos de verdad, nosotros también somos eso. ¡Gracias, Jesús, por haberlo revelado en tu carne herida y dichosa!
Un día dijiste: “Nada es impuro en la creación de Dios, ni cuerpos ni alimentos ni gentes”, y los guardianes de la pureza fruncieron el ceño. Otro día dijiste: “El sábado, es decir, toda la Ley de Dios, está hecha para la vida, no la vida para la Ley”, y las alarmas se encendieron. Sobre una verde colina de Galilea, en medio de campesinos arrendatarios, jornaleros y pescadores miserables, dijiste una vez”: “Bienaventurados los pobres, porque pronto dejaréis de serlo. Bienaventurados los que lloráis, porque pronto haréis fiesta. Bienaventurados los mansos y pacíficos, porque sois hijas e hijos de Dios, y la mansedumbre y la paz son más fuertes que la violencia y la fuerza de las armas”. Cuando lo oyeron Pilato, el procurador romano, y Herodes Antipas, el rey judío vasallo, se inquietaron.
Pero tú seguiste sin miedo. Cuando ya crecía la primera luna de la primavera, acompañado de tus discípulos y discípulas subiste a Jerusalén a celebrar la Pascua, a convertir al Sanedrín o a provocarlo, a anunciar el “reino de Dios” o a adelantarlo. Fue entonces cuando un grupo de simpatizantes tomaron palmas en sus manos y te aclamaron. Los guardias del pretorio y los sacerdotes del templo se volvieron a alarmar. Tenías 35 años más o menos, y toda la fe y la libertad de los profetas, y todo el fuego y la inspiración del Eterno. Y fuiste al templo, soltaste a los pobres animales, volcaste las mesas en que cambiaban la moneda para el pago del impuesto, y dijiste: “¡Destruid este templo! Dios no quiere templos. Dios no quiere impuestos, ni sacrificios, ni sacerdotes, ni dogmas. Dios solo quiere libertad y bondad. ¡Hay que destruir este templo!”. Allí mismo te arrestaron. Y lo que siguió fue terrible para ti. Corriste la suerte de todos los malditos de la tierra.
Pero nosotros te bendecimos, Jesús. Eres nuestro Hermano Herido y te recordamos cada día con emoción y gratitud. Y humildemente, porque ¡cuán lejos estamos nosotros de ti! Pero, aunque sea de lejos, más de lejos incluso que Pedro, que te abandonó aquel terrible día, y mucho más de lejos que María de Magdala y otras mujeres que te siguieron hasta el Calvario, nosotros también queremos seguirte. En este Domingo de Ramos, en esta Semana Santa que no es ni más ni menos santa que todas las demás, déjanos sumarnos humildemente a aquella sencilla gente que –no sabemos si de esperanza o desesperación– te aclamó en las calles de Jerusalén, sin saber que ibas a fracasar tan pronto y tan joven. Déjanos celebrar tu vida, contemplar tus heridas, por si tu memoria nos convierte a la bondad y a la esperanza.
Tú no viniste enviado por un dios cruento para expiar nuestras culpas con tu sangre. Tú viniste a anunciar el nuevo tiempo de la curación, de la restauración, para todas las criaturas heridas del mundo, entre ellas nosotros. Tú lo llamabas “reino de Dios”. Pero los reyes de este mundo –y los poderes religiosos aliados con ellos– no te dejaron; te arrestaron, te juzgaron, te condenaron, te torturaron, te crucificaron. Pero la contemplación de tu cuerpo herido nos cura, Jesús, nos sana, nos salva. No nos salva tu cruz (¡malditas sean todas las cruces!), sino tu fe en Dios, tu libertad, tu solidaridad arriesgada. No nos curan tus heridas, sino tu vida feliz y generosa, tan generosa y feliz que quisiste curar a todos los heridos, aunque fueran a herirte a muerte como te hirieron. No nos salva tu muerte, sino tu vida que se hundió y germinó en la Eterna Compasión, como un grano de trigo, como una semilla de árbol que se hunde en la tierra y allí brota de nuevo.
Jesús, Hermano Herido, ya crece la primera luna de primavera. Ya florece el laurel. Ya se hinchan las olivas como lunas minúsculas en la noche del olivo, para luego hacerse aceite en la mesa, ungüento en la herida, bálsamo en la tumba, perfume en la Pascua.
domingo, 1 de abril de 2012
¿Celebrar el jueves santo?
Este escrito de Hugo Cáceres es una buena reflexión...
Como iglesia, como institución, celebramos "cosas" que resultan ambiguas. Se alejan tanto del mensaje de Jesús de Nazaret que, difícilmente, pueden llevarnos a la buena noticia del reino de Dios...
¿POR QUÉ NO ASISTO A LAS CELEBRACIONES DEL JUEVES SANTO?
HUGO CÁCERES GUINET, hcaceresguinet@gmail.com
LIMA (PERÚ).
ECLESALIA, 02/04/12.- Hace años que dejé de asistir a la liturgia del Jueves Santo; ya que soy un católico practicante quiero dar mi explicación por qué me dispenso una vez al año:
- No hay otro día del calendario litúrgico en que se acumulen mayor cantidad de errores teológicos en la predicación: “Hoy celebramos el día del sacerdocio”; “un día como hoy conmemoramos la instauración de la Eucaristía”. Jesús nunca estableció un modelo de ministerio eclesial sino que nos invitó a todos los cristianos a ser discípulos, condición que asumimos con nuestro bautismo y nos esforzamos por vivir cada uno desde su propio estado de vida. Todos los ministerios fueron creados por la tradición y las necesidades pastorales -tengo excelentes amigos ministros de la iglesia y aprecio mucho su labor- pero no creo en una clase selecta que remonta su existencia a la propia voluntad de Jesús. Los sacramentos corren igual suerte, excepto el bautismo -que fue una práctica tomada del judaísmo- y que Jesús y los apóstoles practicaron. Lo que se recuerda en el Jueves Santo es que Jesús festejó la pascua con sus discípulos y que los primeros discípulos, por ser judíos, continuaron celebrándo con un enfoque nuevo: la muerte de Jesús es el inicio de nuestra liberación.
- Los símbolos son incorrectamente interpretados. Un sacerdote u obispo lavando los pies a doce varones, en algunos casos también sacerdotes, no representan ni la unidad ni la diversidad de la Iglesia ni la enseñanza sobre el servicio fraterno o sororal. Es un símbolo que únicamente enfatiza la imagen de una iglesia excluyente y selectiva. Hacer memoria del Salvador por medio de este texto “Sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena…se levantó de la mesa, se quitó el manto, y tomando una toalla…” (Jn 13,1-4) y continuarlo con una demostración de control y poder, es en el mejor caso, un sinsentido y en el peor, incapacidad de leer e interpretar símbolos. Se ha convertido la mejor enseñanza del Maestro respecto de renuncia al poder, (el lavado de pies, una tarea de mujeres y esclavos) en expresión de autoridad de un selecto club masculino. Somos invitados a celebrar el final del patriarcado: “Les aseguro que el esclavo no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía. Si lo saben y lo cumplen, serán dichosos” (Jn 13,16-17).
- Unir la celebración del Jueves Santo: lavado de pies y la cena del Señor más un acto de devoción eucarística es un exceso y una desproporción litúrgicos en que no quedan claramente establecidos la jerarquía de significados. Como decimos en el Perú, es mezclar papas con camotes y es embotar la mente y el corazón de los creyentes.
El próximo jueves seguiré celebrando la muerte del patriarcado que nos enseñó Jesús, por medio del lavado de pies y de la cena entre hermanos, quedándome en casa leyendo el evangelio de Juan y escuchando la sublime Pasión según san Juan de Bach, mientras en los templos se seguirán repitiendo actos que solamente fortalecen el modelo de poder y control eclesial. A la espera de descubrir una parroquia en que nos lavemos mutuamente los pies hombres, mujeres y niños y se celebre la kenosis de Jesús bebiendo de la copa del discipulado, permaneceré en casa. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
http://www.eclesalia.net
Para contactar, suscribirse/darse de baja: eclesalia@eclesalia.net
Como un malhechor
1 de abril 2012 - Domingo de Ramos
"Dios mío, por qué me has abandonado"
Durante mucho tiempo he vivido y experimentado los días de la Semana Santa como un cúmulo de sensaciones personales, íntimas, de una gran pena... Eran días de conmoverse por el dolor que veía en la figura de Jesús, la crueldad y la saña por parte de sus verdugos, la soledad y el desamparo en medio del gentío que grita contra él...
Por un lado, en contraste con las secuencias de los relatos de la pasión, la celebración del domingo de ramos como el "gran triunfo" de Jesús que entra en Jerusalén como si fuera el conquistador... Todos cantando, agitando palmas y ramos, los gritos de "hosanna" (que a nosotros no nos dice nada; pero que debe significar "gloria a tí"...), las personas que muestran la alegría y el optimismo por el triunfo...
Y pasado ese instante de gloria, nos adentramos en todo el drama: la cena de despedida, la traición, la pena y la soledad, el apresamiento, las acusaciones, la condena, las torturas, la ejecución... (como un malhechor, como un bandido...).
Y todos le abandonaron!
Todavía hoy escucho los comentarios y explicaciones -siguiendo el esquema clásico- de una lectura espiritual y personal en la que se insiste (siguiendo a Pablo en alguna de sus cartas y a muchos otros que lo han hecho después) en que "Dios envió a Jesús para..."; que Jesús vino al mundo para morir en la cruz por todos nosotros; que aceptó todo ese sufrimiento, todo ese dolor, porque asumía todos nuestros pecados y así nos salvaba de la muerte y del infierno...
Y, a partir de ahí, todo sirve para enternecer nuestro corazón, para sentir tristeza y dolor por todo lo que pasó por mí, por mis pecados... Y esa meditación se entretenía en considerar todos los dolores posibles.
Las procesiones, las imágenes, las cofradías y todos los asistentes nos ofrecen esa imagen de dolor en la que sólo faltan las plañideras.
No cabe duda de que todo esto tiene su importancia como expresión de un pueblo, de una comunidad, del pueblo que (estoy seguro) en más de una ocasión y circunstancia se ha identificado con Jesús de Nazaret, apresado, juzgado y condenado, torturado y ejecutado...
Sin embargo siento que nos hemos alejado de la buena noticia de Jesús de Nazaret.
Porque, como expresa Pedro, todo comenzó en Galilea... Y aquella "buena noticia", verdadera liberación de los poderosos, de los ricos, de la religión incluso, fue comprometiendo cada día más a Jesús y a los que le seguían. Su manera de entender el "reino de Dios", el nuevo estilo en el que lo más importante es la fraternidad, la solidaridad, la justicia, la atención al hermano... por encima del "sábado", de los ritos y ceremonias del templo... eso no fue bien visto por los "representantes de Dios" en su pueblo, en su religión.Y por eso lo acusaron, lo juzgaron y lo condenaron... Y lo mataron como a un malhechor colgándolo de una cruz.
El impacto entre sus seguidores fue terrible. ¡Cómo era posible! ¿Por qué? A Jesús de Nazaret que "pasó haciendo el bien y curando a todos..."
Fue tan difícil de asumir...
¿Quién podía explicarlo?
Y comenzaron a recordar escritos de la biblia. Explicaciones y pensamientos que hombres llamados profetas habían vivido; salmos o poemas que trataban de entender situaciones parecidas...
Por eso, reviviendo lo sucedido con Jesús, citan testimonios, recrean escenas, retoman imágenes antiguas... todo aquello que cualquier judío ya conocía de tiempos antiguos: el siervo de Yahvé, contado entre malhechores, el cordero degollado, la pascua y la liberación...
A nosotros nos viene un poco grande. Sabemos lo que nos han ido explicando; pero la tradición judía se quedó ya muy lejos. Ahora aplicamos a Jesús todo eso; pero sin su comprensión. Por eso me parece que nuestra presentación y vivencia de la Semana Santa es como una desviación. Nos alejamos de la buena noticia de Jesús de Nazaret. Y, al hacerlo como tan espiritual y personal, perdimos también la dinámica social y fraterna del nuevo estilo de Dios que predicaba Jesús.
La buena noticia de Jesús de Nazaret compromete y nos lleva a una nueva manera de vivir.
Vivir solidariamente y en fraternidad te obliga a situarte en el lado de los más débiles.
Si das más importancia a la justicia, a compartir, a las personas por encima de las cosas, del poder y del dinero entonces sentirás el peso de los poderosos, de los sabios de este mundo, de la religión incluso.
Y si insistes en vivir así, ese peso de la ley y de la religión... es más que probable que te arrincone, te desprecie y quizás de acuse y te condene...
Revivirás, entonces, la pasión de Jesús... confiando siempre en Dios, nuestro padre. Y es casi seguro que no comprenderemos bien lo que nos pasa y se nos escape el mismo grito: "Por qué me has abandonado"...
Será entonces, creo yo, el momento de agarrarnos fuerte a la fe y a la esperanza que vivimos cuando intentábamos seguir su camino como nuevo estilo de vida, a la manera de Dios.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»
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